Ahí empieza lo que hago: bajo la tierra, en el silencio, donde las cosas se conectan.
Raíz es el deseo de reconciliar la vida con el territorio. Diseñar un paisaje o una arquitectura es, para mí, lo mismo: entender cómo un lugar respira, qué memorias guarda y qué fuerzas ya están actuando en él.
Camino los sitios, escucho, observo, toco la tierra. No busco imponer una forma, sino entrar en relación con lo que ya existe y dejar que el lugar marque el ritmo.
Un jardín no se diseña: se acompaña. El diseño del paisaje es una conversación con lo que está vivo y con aquello que no siempre es visible. Es un equilibrio entre lo humano y las múltiples formas de vida que habitan con nosotros. Mariposas, aves, arañas, orugas, mamíferos: estamos entrelazados, aunque no siempre nos entendamos.
Así, mezclamos investigación, observación, oficio y afecto. Cada proyecto es un proceso abierto, donde el tiempo también diseña y donde no todo se resuelve de inmediato.
Diseñar es una manera de volver a aprender a habitar el mundo. Una forma de reconciliarnos con el territorio y con lo que todavía sostiene la vida.
Cada proyecto comienza antes del diseño. Empieza con la observación del sitio tal como es, no como debería ser.
Caminamos el lugar, leemos su suelo, su vegetación, su agua, su historia. Entendemos que ningún elemento es solo “material”: todo tiene un comportamiento, un tiempo y una forma propia de responder.
Por eso, nuestro trabajo no busca controlar el paisaje, sino establecer acuerdos con él. Diseñamos para acompañar procesos vivos, no para congelarlos en una imagen final.
Cada proyecto es único porque cada lugar lo es. No repetimos fórmulas ni estilos. Escuchamos, interpretamos y proponemos con cuidado.
Diseñar así implica aceptar límites, trabajar con lo que el sitio permite y reconocer que el paisaje siempre es más grande que el proyecto.
Nuestro objetivo no es “terminar” un lugar, sino ayudar a que siga vivo, habitable y en relación con quienes lo cuidan.
Diego.